Durante la reciente reunión ministerial celebrada en Washington el pasado 16 de julio sobre el “resurgimiento del terrorismo político de extrema izquierda”, el secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, opacó al anfitrión, el secretario de Estado Marco Rubio, con una actuación memorable. Con impostada gravedad, Bessent rememoró el incidente del 28 de enero del año pasado en las inmediaciones del Capitolio, cuando una persona identificada como Ryan Michael English se entregó a las autoridades portando unas botellas pequeñas de vodka que imaginaba podían ser usadas como cócteles Molotov. Ese día, Bessent enfrentaba su audiencia de confirmación ante el Congreso y era unos de los posibles blancos del ataque así imaginado por la persona detenida. La relectura ideológica que Bessent propuso de este desatino —donde el “arma” en cuestión contenía un líquido con 60% de agua, previniendo cualquier combustión— fue que no se trató de un acto extravagante y solitario, sino de un sofisticado y sanguinario “atentado de izquierda” contra su propia vida y contra la estabilidad de la república.
La imagen no deja de ser trágica en su comicidad: la primera potencia militar del planeta declarándose bajo asedio a causa de un líquido incombustible. Pero sin dudas sintetiza con precisión la idea detrás de la convocatoria a la reunión: la invención deliberada de una amenaza para construir un dispositivo de control real.