Sea cual sea la razón del voto de las elecciones de medio término, satisfacción con el rumbo económico, miedo a la inestabilidad futura, el apoyo estadounidense o la aversión a la administración anterior, lo que es cierto es que el rumbo estructural político y económico de largo plazo sigue siendo incompatible con la estructura social y económica de nuestro país. Y encima sin oposición aparente, es decir sin una propuesta estructurada alternativa que concite la suficiente adhesión para siquiera poner en marcha los instrumentos coercitivos necesarios en todo plan económico, como podría ser una propuesta de regulación de la puja distributiva o de imposición de restricciones cambiarias.
Es saludable que comiencen a circular propuestas más o menos sistematizadas de desarrollo económico que intervienen en el debate público sobre todo cuando la alianza social y el colectivo político que está a cargo del poder busca constituir una estructura económica basada centralmente en diferentes formas de lo que David Harvey llama acumulación por desposesión, es decir, capitales que se valorizan en actividades de depredación o que no agregan valor.